Una oda al amor, a la libertad, a querer más fuerte.

Por Nuria Lloria García

La película La bola negra, de los directores españoles Javier Calvo y Javier Ambrossi, ha vendido más de 2 millones de entradas en taquillas de cine nacional, en tan sólo sus 10 primeros días de estreno.

Afiche de la película para el mercado norteamericano

A veces el silencio está cargado de mayor significado que cualquier palabra. Lo muestra la película La bola negra, siendo capaz de rellenar los huecos de historias que jamás se contaron de una manera reconfortante y poética a través de miradas, música y gestos que hablan donde las palabras fueron censuradas. Una historia que comenzó a resonar en las salas de cine de todo el país el pasado 25 de septiembre, con su estreno, y que sigue haciéndolo hasta hoy. 

Para descubrirlo, bastaba con adentrarse en una de aquellas salas de cine y prestar atención no solo a lo que sucedía frente a los ojos, sino también a todo aquello que se despertaba entre el público. Así comenzó una experiencia de dos horas y treinta y cinco minutos en la que nada se daba por hecho y en la que las emociones, los silencios y las miradas de los asistentes acabarían formando parte de la propia historia. Los asistentes sabían que no estaban allí únicamente para contemplar una obra de arte, sino para adentrarse en los rincones más incómodos de la identidad, el deseo y la memoria; una experiencia que no sólo iba a sentirse y cuestionarse, sino también, en cierta medida pero con total certeza, a sufrirse. Así lo relataba José, uno de los asistentes: “Antes de empezar la película no era como una sala más. Se podían notar los nervios de la gente, la incertidumbre por lo que se iba a ver”.

Durante la filmación vespertina, se pudo observar cómo el desarrollo de la película iba intrínsecamente ligado al dolor que iban sufriendo los espectadores, como si se tratase de una herida compartida en tiempo real, demostrando que la ambiciosa puesta en escena no busca la mera contemplación, sino una catarsis mutua y simultánea. Se podía percibir en los rostros de los asistentes la incomodidad, la tristeza, el sentirse reconocido en lo que se ve y que a su vez no es agradable, la mueca de “no estar preparados para escuchar historias que si las extrapolamos a nuestra vida diaria o a nuestro pasado, fracturan nuestro rol de víctimas y nos demuestra que no siempre hemos recibido nosotros el dolor”, comentaba Ivón, una espectadora, asegurando que la sala se había convertido en un espejo incómodo que obligaba a mirar al espectador a sí mismo e invitaba a descubrir las grietas de la propia mezquindad: admitir que, en el guion de la existencia individual, a veces se ha ocupado también el lugar de quien arroja la bola negra del rechazo sobre los demás.

Nadie salía ileso de esa sala. Conforme se iba acercando el final de la película, el impacto emocional en el patio de butacas se hacía físicamente visible. En la penumbra, se podía observar en los rostros de los asistentes el rastro de los sollozos contenidos: cabellos desordenados, miradas perdidas y la respiración rota por el llanto. Todo ello lo acompañaba la música de la película, que, en palabras de José: “conseguía sumergir a todos los espectadores en una misma burbuja donde se compartían emociones. Era el broche perfecto para cerrar el círculo, la magnífica espiral de sensaciones”. Reinaba un silencio sepulcral. Corazones encogidos que continuaban digiriendo, analizando (en la medida de lo posible) y sintiendo la película.

Y entonces, de forma inevitable, llega el después: una arrolladora fuente de emociones que, con certeza, sabes que será difícil de digerir y de encajar en la normalidad de tu rutina. Al salir de la sala era paradójicamente de noche y la Luna brillaba con especial fulgor, con una intensidad casi cómplice como si supiese el mar de sensaciones en el que había quedado inmerso aquel centenar de vecinos tras haber sido atravesados por el universo de Lorca.

Además, el cielo avisaba de una inminente tormenta, amenazando con descargar un fuerte aguacero. Si en el filme de “los Javis», la nieve opera dentro de la pantalla como ese manto estático que congela el tiempo, el dolor y la muerte, la promesa de la tormenta en el exterior traía consigo el agua en movimiento. En el imaginario lorquiano, el agua que fluye es el símbolo supremo de la vitalidad, de la pulsión erótica y de la libertad que se abre camino frente a la represión estéril. Aquella lluvia inminente funcionaba como un eco meteorológico de la catarsis purificadora que acababa de acontecer dentro de la sala: una corriente viva dispuesta a limpiar el dolor acumulado en el patio de butacas, el estigma y el trauma silencioso de quienes han recibido una «bola negra» a lo largo de su vida. Invitó a comprender que hacer memoria no consiste únicamente en desenterrar el dolor del pasado, sino en disolver las sombras del presente para que el deseo, la identidad y la libertad puedan, al fin, fluir sin barreras.

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