La escuela masovera rescatada en Cantavieja

Por La Circular

En Cantavieja, la antigua casa del campanero de la iglesia de la Asunción resguarda pupitres de manufactura local, una artesa convertida en armario escolar, la mesa del maestro, el crucifijo y la bandera española. Un material que proviene de la cerrada escuela rural del barrio rural de San Juan del Barranco, una partida ubicada a catorce kilómetros del casco urbano, casi media hora en coche por pista. Ese material abandonado se convirtió en el germen de este proyecto galardonado con el Premio Nacional “Manuel Bartolomé Cossío”, otorgado por la Sociedad Española para el Estudio del Patrimonio Histórico-Educativo (SEPHE) en 2024, y en la base de la tesis doctoral de Estefanía Monforte García, titulada Educación y patrimonio escolar en las montañas del sudeste de Teruel (1845-1983).

La propia Estefanía Monforte, entonces maestra en Cantavieja, fue la que descubrió este hallazgo mientras investigaba sobre el territorio de una escuela clausurada de la que alguien le había hablado. Allí seguía todo. El mobiliario, los mapas, los libros, la pizarra, el material personal del último maestro como si los escolares se hubieran marchado de las vacaciones del verano pensando en regresar al siguiente curso. Allí llevaba muchas décadas amontonado, revuelto, a merced de la humedad. “Lo encontramos todo alterado y no en las mejores condiciones”, cuenta Monforte, y la conclusión fue inmediata, necesitaban rescatarlo y buscar un lugar donde conservarlo. 

Ahí es donde aparece la antigua torre del campanario, uno de los mayores atractivos patrimoniales de Cantavieja, cuya antigua casa del campanero acababa de restaurarse. Allí se instaló el material, y allí “empezamos la investigación, el inventario, la recopilación de datos”, explica Estefanía Monforte. Y de ahí salió lo demás: “el trabajo sobre otras escuelas de la zona, el estudio de los archivos, la aportación de la memoria oral y, finalmente, la tesis”, que reúne todos estos trabajos, lo que da un valor extra a este museo escolar.

Esta fue una escuela masovera, a la que acudían niñas y niños que provenían de un conjunto disperso de masías que a veces tenían que recorrer más de un kilómetro. También, según explica Monforte, también acudían desde lo que hoy sería la Comunidad Valenciana, por su proximidad con la raya. 

Los objetos de este aula son parte de la historia de unas gentes que solventaban la precariedad con ingenio. Mucho del mobiliario no venía del Ministerio, sino que estaban hechos por carpinteros de la zona, incluso reutilizando otros materiales, como el armario que antes fue un arca de hacer pan colocado en vertical. Otro material sí tiene pedigrí oficial, como la pizarra, que lleva detrás el sello oficial del Ministerio. También otros objetos hablan de una época en la que las aulas estaban presididas por el Crucifijo, la fotografía de la Vírgen local  Vírgenes y la bandera, que apareció sin escudo. 

Este museo también cuenta la historia de la profesión docente. Aquí “las maestras llegaban y se iban, muchas pasaban sólo tres o cuatro meses” y tardaban meses en ser sustituidas. A veces las familias buscaban a alguien que supiera algo más, normalmente chicas jóvenes que sabían algo más y que ejercían de maestras. La junta local las contrataba, el Ministerio les pagaba, y se quedaban como encargadas de escuela hasta que llegaba una titulada”. Una de ellas, Pilar, se la conoció siempre como Pilar “la maestra”. Estefanía señala unas fotos, “Pilar está aquí como niña. Y aquí está de maestra”. Pilar nunca tuvo formación reglada, era simplemente la niña más aplicada de la escuela. 

A esta escuela las niñas y niños llegaban andando, a veces durante más de una hora, con su saquito al hombro y su tronco para la estufa en invierno. De ahí la tesis que Monforte defiende con testimonios, “en las masías se mantuvieron abiertas más tiempo porque estaba la escuela”. Cuando las aulas cerraban, muchas explotaciones se abandonaban y la familia emigraba, sobre todo a partir de los años cincuenta, cuando muchas familias cambiaron su actitud ante la escuela y empezaron a mandar a sus hijos como vía para facilitar esa emigración.

Para Estefanía es fundamental que este museo forme parte del pueblo, por aquí pasan grupos de escolares y estudiantes de Educación, una visita que se completa con talleres con vecinos mayores que cuentan sus propia experiencia escolar, además de enseñar tareas casi olvidadas como escribir con pluma y tintero. Para Estefanía Monforte, “el patrimonio se debe aprender desde dentro y desde el propio sitio”. Cada escuela tiene su propia historia y su memoria en cada pupitre. También ese banquito chiquito del rincón, en el que sentaban a los más pequeños a mirar lo que hacían los más mayores.

Contenido relacionado