
El éxtasis en estado puro, un sentimiento recorre mi cuerpo, pero ¿cuál? Solo me quiero dejar llevar por lo que estoy escuchando, no sé qué me dice, pero sí lo entiendo.
No hay palabras que describan lo que ocurre, solo cánticos que se superponen unos encima de otros, están envolviendo mi mente. Frente a mí se encuentra un hombre encajando todas las piezas del puzle: sus instrumentos y su voz, repitiéndose y multiplicándose. Es Silberius de Ura o también, Neønymus.

Lo que ocurre no solo es música, hay algo más profundo que no encaja en ningún género. Es diferente a lo cotidiano, a lo general, un sonido que te envuelve en sus brazos, parecen las raíces de un poderoso roble arraigado a la tierra, el viento soplando sobre las hojas del sauce.
El pasado 21 de marzo, en el primer encuentro de Trashumancias 2.6, Neønymus dejó claro que, para sentir no es necesario dialogar. Su idioma no existe y, sin embargo, se comprende. No hay significado literal, pero sí una dirección. Una intención que atraviesa el sonido y llega de alguna manera al cuerpo.

Sus cánticos, construidos en pleno directo, van ocupando el espacio poco a poco, al principio parecen frágiles, casi aislados, pero crecen, se van acumulando y se sostienen unos con otros hasta envolverlo todo. El aire cambia, la percepción cambia, ya no solo se trata de escuchar. Algo se desplaza, aunque no sepamos exactamente qué. Quienes están allí dejan de observar desde fuera y comienzan a implicarse casi sin darse cuenta. La distancia desaparece, la conexión empieza en él, pero no se queda ahí; se expande, se reparte, se multiplica entre todos los que comparten ese momento.
Él también lo vive así, no siempre está del todo presente en el sentido habitual, “Hay ocasiones en las que me voy de viaje mientras estoy cantando” comentó él mismo en la entrevista previa al concierto. No es una huida, es más bien una forma de atravesar lo que está ocurriendo, de dejar que el cuerpo siga funcionando mientras la conciencia se desplaza a otro lugar, menos definido, menos controlado.

Porque lo que hace no nace de una estructura rígida, ni de una partitura cerrada, nace de la búsqueda, de la prueba, del error. “Empecé a jugar con mi voz, superponiéndola”. Su objetivo no era construir algo que se pudiera reconocer, sino algo que no existiera todavía, “Emociones desconocidas, que no pudiese catalogar muy bien”. Y en esa imposibilidad de nombrar es donde ocurre lo interesante, porque cuando algo no se puede definir, solo queda experimentarlo.
Quizá por eso lo que expresa no se puede traducir, no hay mensaje que descifrar, ni una historia que seguir, no hay instrucciones, ni mapas; solo una experiencia inmersiva que afecta de forma distinta a cada individuo. La energía que produce en cada uno puede ser totalmente diferente, ¿sentirás los miedos brotando dentro de ti? O, tal vez, pasión. Y a veces, ese proceso deja huella, no solo en quien escucha, también en quien lo genera. “Hay veces que acabo increíblemente extenuado los conciertos”, no por el esfuerzo, sino por algo más difícil de medir.

Porque cuando todo termina y la última capa de voz se desvanece, el aire vuelve a ser solo aire, pero algo ha cambiado. No es silencio, pero tampoco es sonido, es una energía que permanece en algún lugar escondido. No hay una explicación para abarcarlo, tampoco una imagen que lo contenga; solo una sensación que persiste en el interior.
Vuelvo al principio, a la pregunta que no tiene respuesta, a ese estremecimiento que recorre mi cuerpo sin pedir permiso. Sigo sin saber que dice, pero llego a comprenderlo, no porque lo haya descifrado, sino porque lo he interiorizado. Porque hay experiencias que no se explican, simplemente se atraviesan. Y quizá, eso sea todo, no comprenderlo todo, dejarse llevar y sentir.
Texto de Milagros Sevilla con fotos de Irene Rotger Más y Darianyi Araujo. También puedes esta entravista en el Vídeo de Marta Moyano en la cuenta IG de La Circular.
