La catedrática de Pedagogía Teresa Marín (1933), la profesora titular de Psicología Evolutiva y de la Educación, Ana Rosa Bodoque (1963) y la estudiante de educación Lourdes López (1998) comparten pupitre y conversación sobre noventa años de educación en España.

Fotos: Evelyn Mardomingo y Marta Feiner

Teresa Marín regresa a la que fuera su Facultad durante los últimos treinta años de su vida profesional. Nacida en 1933 sigue siendo Catedrática de Pedagogía y Doctora en Historia de la Educación. Baja del taxi que la ha traído hasta la puerta del centro y mira hacia el edificio evocando tantos días de clases y de estudio. Hace dieciocho cursos que se jubiló, casi la misma edad que los estudiantes que hoy habitan las aulas. El universo parece estático para los  viven el día a día, pero para ella todo parece nuevo, cambiado. Por supuesto, que ningún estudiante la reconoce, pero tampoco las conserjes, “ya no queda ninguna de las de mi época”. Se para en cada detalle de un centro del que fue la primera mujer directora cuando aún estaba en el viejo y añorado edificio del centro de la ciudad.

Cada rincón le evoca recuerdos y amigos. Risas y nostalgias en una vorágine de sentimientos que a sus ochenta y siete años ya no quiere disimular. Inició su vida profesional en Italia y a principio de los setenta regresó a España de la mano de los entonces jóvenes profesores Virgilio Zapatero o Peces Barba, iniciando una carrera investigadora centrada en recuperar la memoria de las mujeres intelectuales de la II República y los métodos pedagógicos que la Guerra Civil y el Franquismo eliminaron de las aulas españolas. Una tarea que aún no ha completado manteniéndola activa intelectualmente, porque físicamente sigue siendo la misma mujer enérgica que siempre fue. 

Maestra de los hoy profesores, los que la reconocen en el hall, retroceden también a su juventud de estudiantes universitarios cuando doña Teresa era una de los modelos a seguir. En el aula de plástica, esperan la que fuera su alumna y hoy Vicedecana y Profesora Titular Ana Rosa Bodoque y Lourdes López Marcilla, estudiante de tercer curso de Educación Infantil. Sesenta y cinco años separan a Teresa de Lourdes, treinta con Ana Rosa. Tres generaciones de maestras comparten pupitre y conversación. Tratando de pasar desapercibidos, como si fuéramos estudiantes que llegan tarde a clase, nos convertimos en oyentes.

Lourdes.- A mí me gusta mucho Montessori y su metodología de los rincones.

Teresa.- A María Montessori le tengo un cariño especial, porque yo estuve viviendo cinco años en Italia, en el Liceo. Allí la descubrí. Antes de ella, los pequeños estudiaban como los mayores y claro, eso era imposible. Propuso un método completamente lúdico y al mismo tiempo muy eficaz que se ha extendido por el mundo entero. 

Ana Rosa.- Una metodología donde se daba importancia a lo multisensorial.

Teresa.- Todos los juguetes que hoy hay en el mercado, las torres, los redondeles, más grandes, menos grandes, todo eso está originado en la Montessori. Hay otros métodos, pero no están tan extendidos, por ejemplo el de Pestalozzi. Pero no han sido tan populares. 

Lourdes.- En mi clase ahora mismo, de unos cincuenta, sólamente hay dos chicos y las demás somos chicas, ¿siempre ha sido así?

Teresa.- Tradicionalmente a la mujer se le ha asignado el papel de maestra. Como es la que pare, se le ha asignado el papel de madre, de dulzura, de cariño, del cuidado de los niños.

Ana Rosa.- La verdad es que ahora los hombres que están en educación infantil también son muy buenos y los niños se adaptan perfectamente. Para ellos no hay diferencia entre un maestro y una maestra.

Teresa.- Pero eso es desde hace muy poco. Que un hombre pudiera ser profesor de preescolar es de hace dos días, sobre el setenta y tantos. Antes no podían ser profesores de preescolar, porque decían que no tenían el cariño, la dulzura, la maternidad, todo eso que se nos atribuye a las mujeres. Y ellos, los pobres, no pueden ni llorar, porque si lloran son unos…

Lourdes.- Pero aún así, aunque ahora puedan, no hay muchos. Creo que no debía existir la diferencia entre maestra y maestro. A la gente le sigue extrañando que un hombre sea maestro en Educación Infantil. 

Teresa.- Esto tardará en irse, si es que se va alguna vez. Los estereotipos sociales, el hombre sirve para, la mujer sirve para, la mujer es más tonta para esto, el hombre sirve para las cosas abstractas, la mujer sirve para las cosas afectivas. Algunos de esos estereotipos vienen de Adán y Eva y claro, son difíciles de cambiar. Ha cambiado muchísimo, pero muchos siguen.  

Lourdes.- En altos cargos políticos y otros ámbitos de poder también seguimos siendo minoría.

Teresa.- Ahora parece que en este gobierno hay muchas mujeres. Pero hasta ahora había alguna por aquello de la nota de color. La mujer era tratada como la nota de color. Pero eso ha cambiado mucho, ya te digo. Si tú hubieras vivido mi época joven con el obispo Inocencio: no nos dejaba ir a la playa en verano, no nos dejaba ir con manga corta en verano, teníamos que ir con medias en verano. Escribió una carta pastoral en la que era casi todo pecado. No podíamos ir a los bares, ni podíamos ir a ningún lado, teníamos que llevar las mangas exáctamente hasta el codo y si íbamos a la iglesia teníamos que ponernos unos manguitos que tapase los brazos. Soy la prehistoria.

Lourdes.- ¿Qué te impulsó a dedicarte a la pedagogía y a investigar sobre ella?

Teresa.- Conocí a Virgilio Zapatero, Gregorio Peces Barba, José Laporta, que eran muy avanzados. Entonces estos señores eran muy jovencitos e iban a dar clase al Colegio Universitario de Cuenca. Me buscaron porque acababa de sacar la Cátedra, me ofrecieron trabajar con ellos en el estudio de los años veinte, del siglo pasado evidentemente, lo mío es todo del siglo pasado. Estaban trabajando en un estudio para sacar a la luz a las personas que habían sido sepultadas por el franquismo. Me pidieron que hiciera la parte de investigación sobre educación.  

Cuando llegó el franquismo eliminó los métodos pedagógicos más innovadores y a los maestros que los habían traído. Comencé a investigar en el CSIC a aquellos que habían estado por Europa buscando métodos pedagógicos modernos, como los de Pestalozzi y Montessori, que hablamos antes, o el de Froebel. Encontré más de tres mil personas que habían ido a Europa a traer métodos nuevos de educación. Empecé a estudiar, a estudiar y estudiar y me salieron cinco tomos. ¡Lo que había allí! (Ríe). El Consejo Superior de Investigaciones Científicas me publicó parte de la tesis. Después me centré en las mujeres, que eran muchísimas. Maestras rurales que iban a París. Son cartas deliciosas. Todavía hay muchas cosas que investigar de esas pioneras.

Lourdes.- ¿La mujer siempre ha sido la encargada de la educación de los más pequeños?

Teresa.- Históricamente el hecho de ser la mujer quien paría, hizo que la sociedad les atribuyera como quehacer el cuidado de los hijos, por tanto de la casa, por tanto de los cuidados, por tanto de la limpieza, por tanto de los hijos. ¿Cómo iba a salir a trabajar?

Ana Rosa.- Recuerdo la historia, por ejemplo, de Natividad Soriano, hija y nieta de maestros, que me contaba lo que había tenido ella que sacrificar para ser maestra. En esa época pocas maestras se casaban. Ella no lo hizo, porque tenía que cuidar de sus hermanos. Era una vida socialmente muy restringida, si eras maestra y ya no podías hacer otra cosa. No sé si lo recuerdas así.

Teresa.- Era una vida semimonjil. En mis investigaciones aparece un panfleto americano de los años veinte en el que se decía cómo tenía que vestir una maestra. Tenía que llevar faldas largas, mangas largas, sin escote, con el pelo ni largo ni corto, sin pintar, no podía ir por las chocolaterías, que deberían ser los bares de la época y, por supuesto, horror estar con algún hombre. Las maestras tenían que ser como monjas. Eran como las sustitutas de las madres pero sin poder acercarse a ningún hombre.

Ana Rosa.- Dedicar su vida a los padres y a la escuela. Sin posibilidad de vida social.

Lourdes.- Yo que acabo de hacer las prácticas en un colegio y en la actualidad, a la salida del cole, también son muchas más mujeres las que vienen a traerlos y a recogerlos. 

Teresa.- Ahora también son los abuelos. 

Ana Rosa.- Ha habido mucha evolución, ahora creo que es más compartido entre el padre y la madre. 

Teresa.- Bueno, ahora es una gloria comparada con otras épocas. Imagínate que era típico que el padre le dijera a la madre la frase “Coge a tu hijo, que llora”. Ahora no tiene ni color, aunque todavía el machismo persiste en muchos lugares y se trata a la mujer como secundaria. 

Ana Rosa.- Yo lo he visto con mi madre. Tuvo cinco hijos y ella trabajaba. En el 63 que una mujer trabajase y fuese independiente no era muy común.

Teresa.- Y eso que eran los años sesenta, que fueron casi años dorados de apertura del régimen. Era otro mundo, yo he vivido otro mundo. Recuerdo una vez que cuando era directora de la Escuela de Magisterio de Cuenca y organicé un curso de educación sexual, en Cuenca, pues se corrió la voz por la ciudad de que en ese curso se hacían prácticas. Imagínate. Cuesta mucho romper esas barreras, además si eres tú la que las rompes te llaman de todo. (Se dirige directamente a Lourdes) Estoy hablando de los años setenta, tú no habías ni nacido. Toda esa lucha nos hemos traído.

Texto de José An. Montero. Fotos de Marta Feiner y Evelyn Mardomingo. Una versión de esta entrevista se publicó en Las Noticias de Cuenca (en digital y papel) el viernes 6 de marzo de 2020.

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